El arte gótico y la arquitectura

 Durante el siglo XII aparecen en la arquitectura algunas innovaciones técnicas de construcción profundamente innovadoras que permitieron levantar edificios más altos y luminosos. El término gótico se acuñó en el siglo XVI para definir un tupo de arte que los hombres del Renacimiento consideraban bárbaro porque no se ajustaba a las normas del arte clásico. El romanticismo de comienzos del siglo XIX empezó a contemplarlo con entusiasmo, a restaurar y copiar sus monumentos, y hoy día  es considerado como una de las cumbres de vitalidad y la espiritualidad europea.

Al igual que el románico, el gótico fue in estilo internacional, que abarcó desde la segunda mitad del siglo XII hasta principios del XVI, aunque existieron diferencias regionales. En Francia se construyeron las primeras catedrales góticas , y este nuevo lenguaje arquitectónico  pronto de difundió por la cristiandad, dejando un sinfín de catedrales e iglesias, pero también palacios, torres, ayuntamientos, lonjas de comercio y hasta ciudades enteras. 

En la artes figurativas, el gótico plasmó fielmente un mundo que se observaba cada vez con mayor detenimiento.


La Iglesia triunfante


El estilo románico no se prolongó más allá del siglo XII. Apenas habían conseguido los artistas abovedar sus iglesias y distribuir sus estatuas de forma nueva y majestuosa, cuando otra idea hizo que todas esas iglesias románicas y normandas parecieran vulgares y anticuadas. Esta idea nueva nació en el norte de Francia y constituyó el principio del estilo gótico... puede considerársela principalmente como una o innovación técnica, pero llegó mucho más allá en sus efectos. Fue el descubrimiento de que el método de abovedar las iglesias por medio de vigas cruzadas podía ser desarrollado mucho más consecuentemente y con más amplios propósitos que los imaginados por los arquitectos normandos. Si era cierto que los pilares bastaban para sostener las vigas de la bóveda, entre las cuales las piedras restantes eran simple relleno, entonces los muros macizos existentes entre pilar y pilar eran en realidad superfluos. Era posible levantar una especie de andamiaje pétreo que mantuviera unido el conjunto del edificio. Lo único que se necesitaba eran delgados pilares y estrechos nervios; lo demás entre unos y otros podía suprimirse sin peligro de que el andamiaje se hundiera. No se necesitaban pesados muros de piedra; en su lugar podían colocarse amplios ventanales. El ideal de los arquitectos se convirtió en edificar iglesias casi a la manera como se construyen los invernaderos. Solamente que carecían de estructura de hierro y de vigas de acero, y, por lo tanto, tenían que hacerla de piedra, lo que requería gran cantidad de minuciosos cálculos. Pero una vez conseguido que tales cálculos fueran correctos, resultaba posible construir una iglesia de un tipo enteramente nuevo; un edificio de piedra y de cristal como nunca se había visto hasta entonces. Esta es la idea que presidió la creación de las catedrales góticas, desarrolladas en el norte de Francia en la segunda mitad del siglo XII.
Naturalmente, el principio de las vigas cruzadas no era bastante por sí solo para producir este estilo revolucionario de la arquitectura gótica. Fue necesario cierto número de otras invenciones técnicas para que el milagro pudiera realizarse. Los arcos redondos del estilo románico, por ejemplo, resultaron inadecuados para los fines de los arquitectos góticos. Y ello por la razón siguiente: si nos proponemos salvar la distancia entre dos pilares con un arco semicircular, sólo podemos hacerlo de una manera, alcanzando la bóveda a determinada altura, ni mayor ni menor. Si deseamos hacerla más alta, tenemos que hacer el arco más empinado. Lo mejor, en este caso, es descartar el arco semicircular y lograr que dos segmentos de arco se encuentren en un punto. Esta es la idea a. que responden los arcos apuntados. Su gran ventaja es que se los puede variar a voluntad, haciéndolos más chatos, o puntiagudos de acuerdo con las exigencias de la estructura. Otro aspecto más ha de tenerse en cuenta. Las pesadas piedras de la bóveda no presionan solamente de arriba abajo, sino también hacia los lados, a la manera de un arco puesto en tensión. Los pilares solos no bastaban para resistir esta presión lateral, por lo que resultaron necesarios sólidos contrafuertes que mantuvieran el conjunto de la estructura. En las bóvedas de las alas esto no resultaba muy difícil, ya que los contrafuertes podían construirse por la parte de fuera; pero ¿cómo hacerlo para la nave central? Ésta tenía que ser aguantada desde el exterior a través de los tejados de las alas. Para ello, los arquitectos introdujeron los arbotantes, que completaron el andamiaje de la bóveda gótica. Una iglesia de este estilo parece quedar suspendida entre esas finas estructuras de piedra, como la rueda de una bicicleta entre sus débiles radios. En ambos casos es la propia distribución del peso la que permite reducir cada vez más el material necesario para la construcción, sin dañar la solidez del conjunto.
Sería equivocado, no obstante, considerar principalmente estas iglesias como proezas ingenieriles. Los artistas procuraron que percibiéramos y admiráramos el atrevimiento de su empresa... En el interior de una catedral gótica se nos hace comprensible el complejo juego de fuerzas que sostiene en su sitio a la elevada bóveda. Allí no existen muros compactos ni macizos pilares en parte alguna. El conjunto del interior parece entretejido de flechas y vigas sutiles; su red cubre la bóveda y se desliza a lo largo de las paredes de la nave para ser recogida por los pilares que forman como haces de varillas de piedra. Hasta los ventanales están distribuidos en medio de esas líneas entrelazadas, conocidas con el nombre de tracería.
Las grandes catedrales, iglesias episcopales (cathedra = sede del obispo) de finales del siglo XII y principios del XIII, fueron concebidas en tan atrevida y magnificente escala que pocas, si es que hubo alguna, se concluyeron exactamente como habían sido planeadas... sigue proporcionando una experiencia inolvidable penetrar en esos vastos interiores cuyas dimensiones parecen empequeñecer todo lo simplemente hum ano y minúsculo. Apenas podemos imaginar la impresión que esos edificios debieron causar en quienes  sólo habían conocido las pesadas e inflexibles estructuras del estilo
románico. Esas iglesias más antiguas, en su solidez y fuerza, pudieron expresar algo de la Iglesia militante que ofrecía protección contra los ataques del mal.
Las nuevas catedrales proporcionaban a los creyentes un reflejo del otro mundo. Habrían oído hablar en himnos y sermones de la Jerusalén celestial, con sus puertas de perlas, sus joyas inapreciables, sus calles de oro puro y vidrio transparente (Apocalipsis 21). Ahora, esa visión descendió del cielo a la tierra. Las paredes de esos edificios no eran frías y cerradas. Se hallaban formadas de vidrios coloreados que brillaban como una piedra preciosa. Los pilares, nervios y tracerías se realzaban con oro. El fiel que se entregase a la contemplación de toda esta hermosura sentiría que casi había llegado a comprender los misterios de un reino más allá del alcance de la materia.
Hasta cuando se miran de lejos, estas construcciones maravillosas parecen proclamar las glorias del cielo. La fachada de Notre Dame de París es, tal vez, la más perfecta de todas ellas. Tan diáfana y sin esfuerzo aparente es la distribución de pórticos y ventanales, tan flexible y gracioso el trazado de las galerías, que nos olvidamos del peso de este monte de piedra, pareciendo elevarse el conjunto de la estructura ante nuestros ojos como un espejismo.
Extraído de "Historia del Arte" de Ernst Gombrich

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