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Introducción a la problematización del arte moderno 

¿Cómo definir el arte en tiempos en que la estética configura el modo en que se manifiestan todas las cosas? ¿Cómo pensar el arte en un período en que la mercancía misma –es decir, aquello que consumimos– pretende atribuirse los rasgos que tradicionalmente identificábamos con una obra de arte como, por ejemplo, la belleza? ¿Y cómo distinguir la producción artística en contextos donde las publicidades se apropian de las técnicas que eran propias del arte de vanguardia? es así que vale la pena reflexiona acerca de las condiciones de posibilidad del arte en las sociedades contemporáneas, bajo la hipótesis de que el arte, en la medida en que no sea exclusivamente identificado con la experiencia estética, puede conservar su potencialidad crítica en contextos donde el reinado de la mercancía hace creer que lo único que “vale” es aquello que es considerado “útil”. El arte no tuvo siempre la misma función social. Walter Benjamin señalaba en un ensayo célebre, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936), que, en la Modernidad –y más específicamente, con la aparición de nuevos modos de producción artística como, por ejemplo, el cine–, el arte y las obras consideradas “artísticas” comenzaban a perder su “aura”. ¿Qué significaba esta tesis? Básicamente, que el arte comenzaba a dejar de ser apreciado a partir de su “valor cultual”, esto es, que el arte dejaba de ser expresión de algún principio considerado “sagrado” o “absoluto”, para convertirse en un “valor de uso”, capaz de cumplir funciones diversas según el tipo de apropiación de la obra de arte por parte del público, las masas modernas. Esta tesis de Benjamin puede ayudarnos a pensar otras ideas. Antes de la Modernidad, el arte tenía como fin expresar aquello que una sociedad consideraba como parte de su propia ley, ya sea humana o divina. Esto quiere decir que el arte estaba, a su modo, subordinado a la política y a la religión de su tiempo: basta con pensar a los artistas que pintaban a reyes o escenas divinas, o incluso las tragedias griegas, que aleccionaban a los ciudadanos acerca de las calamidades que podían desatarse cuando los hombres incurrían en hybris, es decir, cuando actuaban de manera “desmesurada” (atribuyéndose rasgos de dioses) y transgredían las leyes de la polis. El “aura” de la obra de arte, en este contexto, estaba ligada al hecho de que expresaba o vehiculizaba sentidos considerados “sagrados”. En la Modernidad, en cambio, y dentro de lo que el sociólogo Max Weber ha denominado como un proceso de “desencantamiento del mundo”, el arte se liberó de la función social de transmitir algo ligado a lo sagrado, justamente, en un contexto donde –como señalaba Nietzsche en El ocaso de los ídolos– “los dioses han huido”. Al liberarse de esta función social, se suele decir que el arte se “autonomizó”. ¿Qué significa esto? Que son las propias instituciones artísticas –en la que participan los propios artistas, pero también los críticos e instituciones ligadas al mercado o al Estado como, por ejemplo, las editoriales o los museos quienes van a definir qué es el arte, y las que, a través de estas definiciones, intentarán repensar una nueva vinculación entre arte y sociedad. Pensemos, por ejemplo, en los concursos que se organizan para seleccionar la mejor novela del año: allí en general participan otros artistas, críticos, editores ligados al mercado, o también agentes estatales, quienes deliberan siguiendo criterios, por ellos mismos legitimados, sobre qué es el arte, qué obra merece ser destacada como “bella”, etc. Es decir, ya no es una institución que pretenda representar una “instancia trascendente” –por ejemplo, el rey o la Iglesia– la que legitima la obra, sino criterios –muchas veces enfrentados– decididos por una serie de instituciones sociales que buscan definir qué es el arte, qué obra debe ser consagrada y a quiénes se les reconoce el atributo de ser un “artista”. Es en este contexto donde el arte se convierte en un espacio diferenciado de otras esferas, pero al mismo tiempo se torna un espacio problemático. En efecto: ¿cuáles son los criterios para considerar una obra artística? ¿Por qué “estos” criterios y no “otros”?, ¿por qué asociar el arte, por ejemplo, con lo bello? ¿Y qué es lo bello? ¿Es completamente cierto que el arte es autónomo si en la definición del arte participan actores con intereses en el mercado o en el Estado, es decir, con intereses que no necesariamente son “artísticos”? ¿Cómo hablar de autonomía si, por ejemplo, el artista debe vender, como otro trabajador, su trabajo al mercado? Por otra parte: ¿la autonomía contribuye a potenciar la obra artística o, por el contrario, hace que la obra de arte se disocie de la vida cotidiana? Estos son algunos de los problemas que aparecen asociados con el arte a partir de la Modernidad. Son problemas relativos a la autonomía del arte, pero también se relacionan con la crisis de la autonomía del arte en tiempos de la posmodernidad, en la que el mercado busca expandir su alcance apropiándose de mecanismos atribuidos, paradójicamente, al arte.


Darío Sztanszrajber "Mentira la Verdad" III Temporada. Capítulo 5: "El Arte"





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